El Arribo

De espalda al suelo, abrió los párpados. Atisbó una luz blanca, muy fuerte y cegadora que le obligó a entornar los ojos. ¿Acaso estaba muerto…? ¿Así veía un muerto…? Hizo un segundo esfuerzo. Pronto vislumbró pequeñas manchas oscuras… Al parecer sus pupilas se hallaban dilatadas… Aparecieron sombras… algo semejante a una red de color oscuro… Hizo un esfuerzo por enfocar mejor… Árboles altos… ¿Un bosque tal vez…? Lánguidamente se incorporó. Percibió un desagradable olor a carne quemada.
Alrededor suyo, en el suelo, yacían partes del cuerpo de sus compañeros soldados: manos, brazos, troncos, cabezas, piernas, pies. Como si fueran las extremidades de esas figurillas de acción de juguete; con la rareza de un corte fino y exacto, sin rastros de sangre; en el caso de las piernas, cauterizadas en el extremo adosado a la pelvis y en los brazos lo mismo pero a la altura de la articulación del hombro. Se puso en pie. Tomó del suelo una mano, sintió nauseas, no lo podía creer. ¿En que lugar se hallaba…? Solo escuchaba el canto de los pájaros, que hacía eco en el ambiente. El aire se sentía fresco. Calculaba fueran alrededor de las ocho de la mañana. Se acercó a uno de los troncos sin extremidades ni cabeza. Lanzó una mirada a los otros descabezados y desmembrados. Parecían bustos de mármol, con parte del cuello. Era imposible descubrir al Equipo que habían pertenecido; los trajes de supuestas características indestructibles, también había sido segados y perdido su color ―verde o rojo brilloso― Las cabezas mantenían el rostro de los soldados, con sus rasgos poco acentuados, irreconocibles sin estudiarlos perspicazmente, debido a lo justo del traje y a lo fino del material con que estaban diseñados. Tenían una apariencia de un maniquí blanco. A pocos metros de ahí distinguió tres cuerpos que parecían íntegros. Se acercó lo más rápido que pudo; parecían inconscientes. Dos varones del batallón rojo y una mujer del batallón verde. Notó que emitían humo de sus cuerpos. Buscó el pulso en el cuello de los tres, pero no percibió nada. Enseguida miró alrededor pero solo vio árboles y plantas silvestres. Un ave volaba en lo alto. Lanzó un chillido, parecía un águila. Bajó la mirada y a lo lejos un claro, caminó hacia él… Y ahí estaban: las pirámides del sol y la luna. Con el apabullo de miles de gentes. ¡Era imposible!. El lugar había sido clausurado a toda visita dos años atrás, cuando se intentaba restaurar los daños provocados por el turismo...
― ¡Señor no puede estar ahí! ―gritó un guardia. Gabriel lo volteó a ver algo confundido en su mente. Debía evitar a toda costa que hallaran los cuerpos. No se le ocurrió otra idea mejor que decir:
― Soy... parte del show ―después de todo que podrían pensar de un hombre con un traje entallado―... Haremos una presentación... Estaba ensayando y vine a tomarme un pequeño descanso ―explicó― ¿Qué día es hoy? ―inquirió.
― Sábado 23 de junio ―le respondió el cuidador. Gabriel mostró una cara de sorpresa. Su fecha no coincidía con la de hacía unos minutos atrás.
― ¿Pero de qué año? ―le preguntó preocupado.
El guardia puso cara de pocos amigos, sus ojos se empequeñecieron y frunció aún más el ceño. Finalmente tranquilo respondió.
― Del 2020... ¡Y no pueden estar ahí! -recalcó al final y se marchó molesto, murmurando algo sobre quienes desobedecían los letreros prohibitivos y de advertencia ...

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