En el Comienzo
El Conquistador de mundos.
En aquellos “días”, hace 7 mil 700 millones de años, el poderoso Conquistador de Mundos, envió expediciones a lo largo y ancho del plano universal. Fueron extraordinariamente numerosos los elementos y fenómenos encontrados. Una de las tantas excursiones, se topó con una estrella gigante roja, a punto de estallar y convertirse en una nebulosa planetaria. Según los datos, cumplía ya los 1 mil millones de años terrestres de haberse formado a partir de una vieja nebulosa.
De ésta misma y antigua nube gaseosa y polvorienta ―proveniente a su vez de la explosión de otra estrella vetusta: su progenitora―; habían nacido otros treinta y dos soles.
Él, junto con otros dos más, fueron los tres primeros en formarse. Rápidamente absorbieron materia a su antojo de la gran cantidad que existía en aquel “nido”. En cientos de miles de años se constituyeron como los tres primeros soles, el resto de sus hermanos se crearon después. En un principio, los treinta y tres soles, permanecieron relativamente juntos dentro de aquella nube astrogénica, cuya función de placenta era alimentar a las jóvenes estrellas hasta madurar y dejar de ser protosoles. Con el pasar del tiempo, nuestro astro más antiguo, tuvo el tamaño y poder suficiente para separarse del grupo. Su poderoso viento solar le ayudó a alejarse de aquel nicho y de sus hermanos, que en su velocísimo andar a través del espacio y por el poder de sus fuertes vientos solares, terminarían separándose entre sí también, hasta quedar divagando en el cosmos, con el destino incierto, salvo su propia muerte único paso que lo acercaría a la eternidad en el repetitivo ciclo de nacer, morir y renacer, ya fuese generando nuevos sucesores o formando parte de algo conciente. Precisamente en la agonía se encontraba aquella estrella blanca convertida ahora en una gigante roja...
Un millón de años atrás, en su travesía por el infinito, hubo la atracción mutua con otra estrella. Más vieja y más pequeña que él, de un color amarillo intenso, como el sol de los humanos. Esta nueva compañera, al poco tiempo entró en fases mortales y aumentó de tamaño acompañado de un cambio de color, pasó a ser una gigante roja, justo en la fase que la viajera estrella blanca se hallaba ahora. Así se mantuvo por un millón de años, agonizante; crecía continuamente de tamaño y se encogía, expulsando gas cada vez con mayor intensidad, hasta que llegó a los últimos momentos de su vida, cuando intensificó su viento solar y finalmente en una gran explosión silenciosa se desprendió de toda su envoltura, quedando como último vestigio de su gran luz, una nebulosa alrededor del que fuera su corazón y fuente de energía por largo tiempo, el núcleo. Éste y las regiones más cercanas a él comenzaron a comprimirse hasta que una densísima capa de electrones degenerados (es decir, muy cercanos entre sí) ―provenientes de los núcleos de helio e hidrógeno que alguna vez orbitaron, y que ahora se hallaban formando parte de la nebulosa―, por su misma carga se repelieron entre sí, haciendo una presión muy fuerte tanto al exterior, como al interior (al núcleo) de aquella esfera de un diámetro aproximado al de la tierra. Entonces, como remanente estelar o como cadáver de lo que un día fue, una estrella enana, llamada enana blanca formada de carbono y oxígeno en lo más interno, con mucho calor aún, pero no suficiente para mantenerse. Era como una brasa apagándose, se iría enfriando paulatinamente. Mientras, su recién llegado compañero en ese entonces, de aspecto blanco intenso, se mantuvo insufrible ante el espectáculo.
Aquella vez pareció que todo había terminado y seguiría un periodo de calma para el sol tipo estrella blanca y para su vecina que yacía con su antigua prenda plasmática roja desparramada en la negrura del cosmos con forma de apacible nebulosa, simplemente flotando en el infinito, con sus colores rojos, azules y amarillos, que eran barridos lentamente por la radiación del sol blanco.
La bola blanca (enana blanca), semimuerta, de tamaño similar a la Tierra, resto del núcleo de lo que un día fue un sol amarillo, que producía fuertes vientos solares, luz y calor, ahora se veía tenue, con poco brillo, pero con algo de energía todavía en su interior, que de haber tenido una masa mayor hubiera vuelto a detonar, sin embargo era pequeña entre los gigantes objetos luminosos del espacio. En ese estado podría durar talvez 50 o 70 mil millones de años ―En la actualidad el universo tiene ¡14 mil millones de años apenas!―, enfriándose lentamente, hasta convertirse en una enana negra, alejándose cada vez más del joven Sol Estrella Blanca.
Pero no fue así…
“Canibalismo”
Sucedió lo mismo con la estrella blanca y se convirtió en una gigante roja, como le había sucedido a la ahora enana blanca, solo que vio su ciclo natural de vida interrumpido cuando su pequeña compañera, con su última traza vital y su intenso magnetismo atrajo hacia sí la masa de la otra, agregándola a la suya, al mismo tiempo que aceleraba la muerte de la gigante roja. Enormes llamaradas formaban un puente entre ambas estrellas. La enana blanca parecía envolverse de aquel fuego celeste mientras giraba, revistiéndose elegantemente otra vez de luz. A continuación prosiguió con la fusión instantánea de ¡todo su núcleo restante! Gracias al material hurtado, hasta que generó una supernova con una explosión termonuclear de un brillo sumamente intenso que expulsó absolutamente todo el material que la formaba, llenando el espacio que la rodeaba con elementos pesados que eventualmente serían parte de otras nubes de gas y polvo. En esa misma explosión, el frente de la onda alcanzó a la primera nebulosa, la comprimió, desencadenando la formación de una nueva nebulosa solar, como de la que originalmente se formó la estrella blanca.
Cierto tiempo después ―hace casi 5 mil millones de años―, de los hechos anteriores, se formaba al centro de una gigantesca nube, lo que parecía un nonato astro y girando alrededor un remolino de gases…
De esto fue informado el Conquistador, así como de millones y millones de fenómenos más a lo largo y ancho de este plano universal.
Más adelante, alrededor de medio millón de años, otra excursión compuesta de dos entes, encontró un protosol con nubes de polvo, rocas y gases que orbitaban su periferia. A lo lejos, astrolitos cruzaban el espacio del precario sistema a increíbles velocidades. Solo se hacían visibles al ser alcanzados por el tenue viento solar producido, dejando una elegante estela larga y luminosa tras su masa, como el rastro que deja un barco al navegar. En la infinita oscuridad del cosmos, plagado de pequeñas luces, lo inmutable era el silencio, todo lo demás vivía en el caos de la entalpía –tendencia al caos–, mutando, muriendo, renaciendo, buscando alcanzar la estabilidad que los llevara a existir la mayor cantidad de tiempo… millones de años ―o trillones talvez…―.
Aún faltaba un innumero de giros del proto-sistema solar, para que el acrecimiento de planetesimales que se estrellaban a gran velocidad liberando una enorme cantidad de energía en cada impacto, formaran si quiera a los precarios planetoides que a su vez formarían los planetas, o emplazamientos de vida en el sistema. Regresaron donde su señor para informarle nuevamente de aquello.
Camino a la última frontera
Nadie sabe como era posible realizar esos viajes hacia el infinito, ni como eran físicamente aquellos dos seres en particular ―si es que tenían materia―. Se piensa que fueron los primeros organismos vivientes del universo, nacidos casi al mismo tiempo que el mismo, hace casi 14 mil millones de años, por tal razón llevaban ventaja evolutiva respecto a otros seres inteligentes, al menos en la galaxia.
Según cuentan, el planeta original de estas entidades sufrió grandes cataclismos, como la tierra misma los ha sufrido, desde colisiones meteóricas hasta impactos planetarios que destruyeron la vida una y otra vez, permitiendo que la vida evolucionara hasta el pico máximo que le diera la mayor oportunidad de conocer su medio y actuar sobre el, al grado de modificarlo a su beneficio. Fue así que se dio la aparición de vida inteligente en el mundo, millones de años después, teniendo como única arma contra la extinción masiva y las catástrofes, la razón conciente, que aplicada podría llevar al hombre a sobrevivir en un mundo lleno de peligros y llevarlo algún día cerca de la anhelada eternidad y después a la gloria infinita de la inmortalidad. Lo primero debían aprender a improvisarlo por ellos mismos, sin ayuda; lo segundo, la eternidad… Nadie lo sabía, ni siquiera los avanzados Elegidos del Conquistador estaban enterados de esta etapa y mucho menos como lograrla.
Entre las distintas razas y especies evolucionadas con inteligencia, se hablaba de un estado avanzado de la materia o mejor dicho transdimensional, imposible de existir en este universo, solo mediante una burbuja que conservara la naturaleza de otro universo, donde el tiempo es ajeno. Aquel estado era una entelequia, ya conocida por todos desde milenios atrás, a la que de una u otra forma, todas las culturas le llamaban “espíritu”. Únicamente en ese estado, sin necesidad de un vector espacio-tiempo de intermediario, podría alcanzarse la perfección-eternidad. El enigmático y misterioso espíritu también llamado “alma”. Era conocido como el estado básico de la materia, sobre el cual el tiempo no influye porque en ese estado, quien lo alcanzara, no tendría influencia sobre él. Algunos, después de lograrlo acudían al Conquistador en ese estado y podrían controlarlo o realizar actos inimaginables. Quienes no lo hacían, quedaban varados en un solo lugar…
Sin responder a esta última pregunta, grandes civilizaciones intergalácticas (establecidas más allá incluso de estrellas y galaxias cuya luz no ha alcanzado ni una cercanía a la Vía Láctea), con su cultura y conocimientos avanzados, habían logrado vivir de manera individual por milenios –y por millardos incluso―, pero ninguno había podido escapar a la indomable muerte ―la entropía, el caos― que al lado de la evolución ―la lucha por la vida―, formaban la única constante en el actual campo universal y hacía que el mismo universo la combatiera creando vida ―lo único cercano a la imagen y semejanza de la perfección, sin llegar a serlo jamás―. Podría ser que el objetivo de la vida fuera encontrar la respuesta a tan abrumadora pregunta…
Los dos seres recorrieron la inmensa espiral de la vía láctea, en sentido perpendicular a su eje, atravesando su conglomerado centro brillante a base de astros, polvo estelar y gigantescos planetas gaseosos. Se introdujeron increíblemente al agujero negro supermasivo del centro de la misma, principal mecanismo que otorga el giro al gran remolino estelar. Este debió absorberlos, más no desvío su travesía ni en lo más mínimo. Ya dentro fueron expelidos del mismo a gran velocidad. Frente a ellos pasaron soles, extraños planetas, nebulosas de distintos colores, novas, supernovas, planetoides en colisión, estrellas girando alrededor unas de otras en sistemas grupales, hoyos negros e incontables sistemas estelares que rápidamente dejaron atrás.
En la periferia de la galaxia se encuentran los más antiguos miembros de la misma. Ahí vislumbraron dos estrellas y relativamente cerca una pequeña galaxia que comenzaba a formarse. Eran dos enanas marrones, muy cercanas entre sí, las últimas dos más alejadas del halo periférico galáctico, en las fronteras de su poderosa influencia gravitacional que todavía alcanzaba a cautivarlas. Los seres se dirigieron al centro de una de éstas. Instantes después, aceleraron su proceso natural evolutivo, absorbiendo toda su energía. Por momentos pareció revivir tornándose amarilla, lanzando otra vez intensas llamaradas al espacio, brillando nuevamente. De pronto eso acabó. Aumentó de tamaño tragándose el cadáver de su próxima y nuevamente se hizo pequeña. Otra vez tomó bríos y fue de nuevo un sol cuyas llamas se extinguieron por tercera ocasión. Aumentó su tamaño una vez más hasta que explotó, formando un anillo multicolor de gas y polvo. En el centro de aquel halo, estaba aún la enana marrón que inmediatamente se extinguió hasta formar una enana negra, en un proceso que debía durar 50 mil o 70 mil millones de años, fue de tan solo unos segundos. Los hechos no pararon ahí. La estrella enana negra, invisible para los ojos, colapsó nuevamente sobre su masa, se hizo cada vez más pequeña, lanzando pequeñas explosiones, cuya luz no alcanzaba a salir al espacio, pues era absorbida por un pequeño pero poderoso agujero negro. Toda la materia y energía en un radio similar al sistema solar, se arremolinó en una gran espiral luminosa, semejante a una minúscula galaxia, cuyo núcleo al poco tiempo, expelió chorros de luz en dirección perpendicular del disco espiroidal como si fuera una fuente de agua. De un momento a otro la mancha creció, perdiendo la elegante traza de espiral con que engullía la energía hacia su infinito vórtice central. Los diversos brazos nebulosos de luz cambiaron su disposición inicial de remolino a tiras luminosas que convergían hacia el centro. Enseguida, el pequeño punto negro aumentó plausiblemente de tamaño hasta ocupar todo el diámetro del disco luminoso ―igualmente aproximado al tamaño del sistema solar―; después disminuyó su radio rápidamente. Una vez absorbidas estrellas, polvo, gases, etcétera, continuó acortando su diámetro, hasta llegara a ser como un grano de arena, luego como un átomo. En algún momento tuvo un diámetro como el núcleo de una célula, nanométrico… yoctométrico y más pequeño aún, escapando a todo principio y ley física del universo; hasta que la oscuridad convergió en un punto donde se hallaban las dos esencias. Terminado el suceso salieron disparados hacia el infinito, sin dejar rastro de su partida. Todo quedó con la misma calma que en un principio, en el eterno silencio del cosmos, sin la más mínima sospecha de la perturbación recién acaecida. Las estrellas lejanas y la materia oscura fueron lo únicos testigos mudos de la colosal barahúnda.
Una vez “reabastecidos”, su velocidad era mucho mayor a la inicial. Pasaron por encima de dos galaxias que en el mayor de los mutismos colisionaban entre sí; luego otras cuatro hacían lo mismo. A pesar de lo agresivo del título, la acción era en realidad un proceso pasivo, de manera imperceptible para sus miembros. Lo único trascendental de aquél fenómeno sería el aumento de la masa una vez que giraran armónicamente a la misma revolución, dentro de millones de años, y en una sola galaxia gigante.
Los entes continuaron su travesía, dieron una curva, dejando atrás aquel cúmulo de millones de galaxias. Luego otra. Más lejos todavía, la presencia de cualquier masa espectral o infinita, fue cada vez mas eventual hasta que no hubo nada.
Tras ellos, se formaban nubes alargadas, elípticas conformadas por conjuntos de galaxias; pronto se contaban en millones de nubes, flotando en un mar de materia oscura, que en algún momento pareció grises. Si eso sucedía, no era raro para un hombre pensar que el universo fuese infinito. Otra curva más, como si hubiera muchas curvas –a las velocidades de la luz, tan poca cosa para ellos, estas hubieran sido imperceptibles–.
Después siguió nada, tan solo una oscuridad total, sin embargo, ellos parecían conocer muy bien el camino a su objetivo. Aceleraron nuevamente, esta vez, muchísimo más. Apreciaron la frontera final de tonos violáceos y cafés que destellaban entre uno y otro, como la aurora boreal. Se ubicaron detrás del límite estacionario en expansión del universo. De no viajar a las velocidades en que lo hacían jamás hubieran podido alcanzar a la constante y magna expansión. Se hallaban a punto de cruzar hacia su destino. Pudieron haber evitado el viaje físicamente y estar en el mismo instante en otro sitio, pero esta vez no les fue permitido. Tan cerca se hallaban de la última frontera que la influencia externa del otro universo los iluminó, una luz invisible para cualquier ser de este universo. Cruzaron barrera final y estaban afuera, donde ya no había movimiento y tampoco existía el tiempo.
En el comienzo
Al principio, hace 4750 millones de años, el disco circumestelar orbitaba el protosol. Doscientos millones de años después, El Conquistador pidió a una de las razas más inteligentes y apegadas a sus principios, cuidar de aquel sistema recién formado. En ese entonces, los protoplanetas se ubicaban en orbitas más próximas al astro central que las que se encuentran ahora. De la vieja nebulosa planetaria se había formado un sistema solar que seguiría su desarrollo por millones y millones de años más. Hacia el centro se distinguían la Tierra, Marte —todavía en fases precámbricas— y Tanael ―aún no se formaban Venus ni Mercurio. No había vida en ellos, pero tenían los ingredientes necesarios y la ubicación exacta para engendrarla. El tercero mencionado, Tanael, el mejor candidato para plantar el mijo de vida; era el más evolucionado, más frío y agradable, de un tamaño similar al de Marte, aunque no duró mucho; fue destruido, al colisionar con la Tierra.
El nombre Tanael, provenía de un antiguo y poderoso paladín, de la estirpe de los Elegidos, que alguna vez quiso derrocar al Conquistador con un numeroso ejército, sin embargo fue derrotado y exiliado. Se rumoraba que habitó en dicho planeta donde fundó una colonia con sus semejantes, más luego de enterarse que arribarían Impulsores al sistema solar para construcción de vida, había partido veloz con sus partidarios. No obstante eran historias que se contaban en aquellos días, nadie sabía con certeza la verdad; dentro de la especulación se le conoció con ese nombre entre los servidores del Conquistador.
A Tanael le seguía Marte en posición orbitaria. Por pequeño, su desarrollo sería más rápido que el de la Tierra y asimismo su muerte…
En el comienzo: El Impulsor y el Planeta Doble
Hace 3800 millones de años, un planeta rojizo, por el color de la lava hirviente que se reflejaba en la atmósfera de vapor de agua, giraba sobre su eje en un tiempo de ocho horas para completar un día primitivo. El polo norte en aquel entonces, apuntaba hacia el sol, y el polo sur, al lado contrario. Irreconocible era la Tierra, como la esfera de magma que era. Su estado semilíquido, hirviente, no daba reposo aún para engendrar vida. Nuevamente, el Conquistador, quiso saber del avance del universo de la tercera dimensión, para esto envió un emisario al que se le otorgó la capacidad de convertirse en cualquier cosa de este universo material, así como de manipular cualquier elemento, a su disposición, así debía cumplir con su tarea de “cultivo”. Podría ser un ser vivo o un objeto inanimado, desde algo tan pequeño, como una de las partes fundamentales del Quark, hasta algo descomunal con masa infinita, como un sol o un agujero negro. Podría ocupar el mismo espacio-tiempo de cualquier objeto al mismo tiempo, así podría trasladarse desde cualquier dimensión a otra, pero el mundo pertenecería a la tercera.
Se le comisionó como arquitecto de éste sistema solar. Enfocándose en los tres mundos que competían como preludios para sembrar vida. Era un ente Impulsor. Los Impulsores estaban formados, como todo, por las llamadas cuerdas básicas, minúsculas cuerdas, de las que se formaban incluso los quarks, a manera de una cuerdas unida en sus extremos. Dichas cuerdas representaban el estado básico de todo lo visible y lo invisible. De esta manera los Impulsores podían transformarse en cualquier cosa simplemente con aumentar o disminuir sus vibraciones. Todo podía ser transformado en materia, energía u onda, a su disposición, dentro de esas opciones, en el orden que fuese y por ende cambiaban sus propiedades de lo invisible a lo invisible, del frío bajo cero, hasta la altísima temperatura de una gigante azul.
Así era que el Impulsor vibraba a determinada frecuencia, lanzando pequeñas o grandes pulsaciones ―de ahí su nombre― que se manifestaban de una manera u otra para el espectador de determinada dimensión. También podía hacer vibrar las cuerdas básicas de su alrededor hasta quedar convertidas en lo que él deseara: materia, onda o energía; incluso atravesar las membranas de alguna otra dimensión invisible para el hombre de las once que existían.
El impulsor de éste sistema solar todo lo cumplió muy bien. Estaba listo para la supervisión de su amo, que estaba pronto a llegar, proveniente de conquistar otros mundos. Muchos otros impulsores de mundos fueron enviados para manifestar en la tercera dimensión, los deseos del Conquistador.
En una ocasión, el Conquistador llegó acompañado de una multitud de sus seres, en un plano dimensional ajeno a este, para así poder observar la situación bajo un gran secreto. Tras escuchar al Impulsor afirmar que “todo estaba listo para el cultivo”, el Conquistador, miró todo cuanto se había hecho y en “tan poco tiempo”. La multitud que le seguía permanecía inmutable. Todos observaban con detenimiento la escena ante ellos: el Impulsor, con su brillo blanquiazul, que se confundía con el de una estrella; por otro lado el Conquistador, como una sombra muy negra se confundía con la negrura del espacio y tapaba la luz de las estrellas lejanas ubicadas detrás de él, formando su silueta humanoide.
Tras escuchar a su siervo y constructor, se quedó pensativo unos instantes. Sus ejércitos yacían invisibles tras su espalda, aguardando pacientemente a su alto patrono. De poder ser vistos, hubieran aparentado seres de luz, millones y millones formando una gigantesca esfera, esa era su manera de enfilarse en sus viajes de conquista o supervisión; su centro regularmente era ocupado por el Conquistador.
De pronto, levantó su invisible mirada hacia el lugar de la Tierra. Con su enigmático y sorprendente poder, en el silencio absoluto del espacio exterior, arrojó el planeta Tanael y lo estrelló con el primitivo y magmático planeta rojo. Tras un silente destello de azul y rojo, el Impulsor quedó asombrado, pero sabía que su amo hacía lo correcto.
De haber existido atmósfera en el momento de aquel intrascendente impacto, hubiera sido el estruendo más abominable en la historia de éste mundo. La corteza se hallaba en estado semilíquido por lo que la colisión formó una elegante corona de magma, como lo haría una gota de leche al caer en una tasa del mismo albo líquido. El protoplaneta se quedó cerca de tocar el núcleo de la tierra arcaica, pero no lo hizo.
A partir del punto de impacto, una gran cantidad de energía se liberó, fundiendo la corteza primitiva. Una ola gigante de magma se formó. Era tan enorme y con tanta energía que arrastró consigo una tercera parte del total de la misma corteza fuera del planeta; en segundos dicha porción se desprendió de la tierra. El resto del protoplaneta estalló en pequeños fragmentos que vararon alrededor de la masa amorfa que era la fundición de Tanael y la Tierra de cuyo total se desprendía una parte más pequeña como el gajo de una naranja.
Con el pasar del tiempo, 400 millones de años más en el futuro, sanaría retomando su forma esférica, gracias a su rápido movimiento de rotación y su traslación alrededor del sol. Todavía mas allá en el futuro, renacería con nuevos bríos y colores, llena de vida, empero un tamaño algo mayor al que tuvo en un principio. Se apreciaría reluciente, bella, limpia, joven e inmensamente habitable, con su inexorable acompañante satelital, rotando cada uno sobre su eje y ambos a la vez, como si estuvieran unidos por una barra, orbitando alrededor de un mismo punto colocado a la mitad de éstaJ.
Los Elegidos
Por millones de años, el Impulsor, cuidó y desarrolló el sistema con ayuda de otras especies inteligentes. Una de ellas alguna vez estuvo al borde de la extinción, sin embargo, encontró la gracia del Conquistador. Nacidos mucho antes que el mismo hombre fuese concebido, recibieron el apoyo mediante un Impulsor, a cambio de serle fiel a todo lo que el Conquistador ordenara; sería su Dios, su Señor, su Creador y a nadie más servirían y ante nadie más rendirían cuentas. El impulsor de mundos les dio la confianza, les dio la ciencia y la sabiduría de su amo; herramientas para subsistir y dominar mundos para su Señor. Fueron escogidos por haber manifestado un gran interés y respeto hacia Él y siempre fueron fieles... Les otorgó un nuevo hogar que rápidamente poblaron, en un planeta muy distante, ubicado en el límite del universo de aquel entonces, por todo eso se les conoció como los Elegidos.
Y fueron ellos, los Elegidos, la raza más destacada y privilegiada de las treinta y dos que ayudaron a realizar sus proezas al Conquistador, junto con los Impulsores. Eran seres de gran altura, los varones, barbados, a los que su Amo (así nombraban al Conquistador) les había otorgado conocimiento, ciencia, sabiduría, como a nadie más. Ellos se apegaron como ninguna otra especie a Él, con quien estaban sumamente agradecidos; para aquel, ellos resultaron agradables a sus ojos y fue por mucho consecuente para con ellos.
Aquellos gigantes ―en relación al hombre―, eran muy similares al humano salvo por su estatura y por el aspecto de su rostro. Tenían un mentón más pequeño y afilado, con ojos un poco más grandes y separados que un humano y de colores claros que variaban entre el azul, el violeta y el amarillo; nariz pequeña, recta y afilada. Su vello corporal era grueso e iban del color blanco albino al rubio, en algunos parecían azules, como el cielo, pero esto posiblemente por la transparencia de los mismos que daba lugar a una abundante gama de colores claros. Todos de cabellos lacios, como la seda. Oscilaban entre los 2.30 y los 15 metros de altura, de éstos últimos muy pocos eran vistos, posiblemente la gran gravedad terrestre dificultaba su estancia y actitud erguida. Eran fuertes, robustos y extremadamente inteligentes. El Conquistador, sentía admiración por ellos. Él los había creado, los había rescatado y ahora le servían como ninguna otra raza en el universo, mientras su materia elemental se desarrollaba con vigor.
El Amo y Señor se sentía bien consigo mismo de no haberlos destruido. Estuvo a punto de hacerlo, como en otras ocasiones lo había hecho con otras razas y como lo haría otra vez mas adelante, sin embargo, su compasión los salvó. Tuvo fe en ellos. No eran perfectos, mucho menos puros. Podrían servir a sus huestes. Habría que probarlos…
Los más bajos de estatura, podrían pasar desapercibidos, en este mundo, salvo por algún rasgo que destacaba su fisonomía, pero podría pasar como una sencilla variante anatómica.
Por largo tiempo fueron los hijos elegidos de su Dios. Sin embargo tanto favoritismo fue un error, al no haber permitido que ellos desarrollaran por sí mismos su alma y su búsqueda del conocimiento, como parte del lento proceso de la evolución. Lo correcto debió ser el dar a conocer únicamente su existencia como ser supremo, para que dentro de ellos mismos se creara lentamente la perfección, mediante la esperanza y el esfuerzo constante, la paciencia y la no violencia. Pero no fue así, cuando sus descendientes abrieron los ojos ante la honorable, respetable y muy envidiable posición que ocupaban respecto a otras especies inteligentes del universo, se hicieron arrogantes. Una fracción de aquellos se sintió superior a los demás, y desobedecieron a su Conquistador; sabotearon sus planes; convencieron, incluso, al Impulsor del sistema, de que era esta su oportunidad para independizarse y tener más poder. Hicieron lo que no debían al dejarse llevar por sus emociones.
El Conquistador sintió pena por ellos, más no los destruyó. Después de todo él había truncado su camino a la perfección al ser tan complaciente. Con su ayuda, en poco tiempo habían alcanzado el desarrollo que ni en millones de años sus enemigos tendrían. Así que trató de ser justo, y en aquella avenencia traicionera, en la que le declararon la guerra y quisieron apoderarse del mundo y después del universo… Pudo haberlos destruido, no obstante, ¿de que serviría acabar con un rival tan osado, que motivaba el ingenio y la suspicacia, es decir, acarreaba al perfeccionamiento de Él mismo y a su propia superación? Después de todo ¿Qué es el bien sin el mal…? Nada, vacío, ausencia, inercia, estático, atemporal; lo que es igual a no evolución, estancamiento y no búsqueda de la perfección… Más adelante recibirían su castigo aquellos que creyeron saberlo todo, que creyeron no podrían evolucionar más y que simplemente habían alcanzado el pico de su desarrollo y podrían de ahora en adelante hacerlo por sí solos…
Se equivocaron…