Años después...

En pleno verano, el calor surcaba el ambiente de la ciudad, una de las más calientes del país. Durante la canícula, la temperatura llegaba hasta los cincuenta grados Celsius o más; el abrasante sol tostaba las hojas de los yucatecos que, secas, caían al suelo; las tardes se volvían sonajeras, porque el viento las mecía arrulladoramente de un lado a otro, en un vaivén lento y perezoso, hasta dejarlas varadas en algún rincón. Marejadas de hojas secas por las calles eran comunes cada estío... Irónicamente, ese año caía un diluvio desde hacía más de diez días
. Al mediodía el sol escondido en el cielo, parecía no existir. Sus rayos penetraban ínfimamente la espesa capa de nubes. Niños de media década de vida cuestionaban a sus padres la razón de su prolongada ausencia: ¿Dónde podría haberse metido? En aquel desierto no eran comunes chaparrones tan duraderos. Con ideas sencillas acordes a su entendimiento, pero plagadas de fantasía, discutían complejas teorías sobre aquel clima adverso que en el primer día había sido la alegría y el juego por el inicio de la temporada de lluvia, refrescante como ella sola no solo para el cuerpo y el ambiente, también hidrataba el alma. En todas partes, rapaces salieron de sus casas gustosos por bañarse en el chubasco y así formar parte aquel folclore. Corrían descalzos por las calles, pisando la tierra hecha lodo en los parques donde dejaban sus huellas provocando el asombro de los más chicos, ante el fenómeno que la mezcla de agua con tierra formaban, les parecía divertida aquella plasta café maleable; sin embargo la exaltación era mayor, pero momentánea, cuando se manifestaba el brinco de los chiquillos si cercanamente caía un rayo, cuyo estruendo era mas fuerte cuando atinaba sobre algún poste o en el para-rayos de algún edificio, iluminando el momento de un color blanco, como el flash de una cámara gigantesca. Para los adultos al principio, no fue tan diferente a cada año. El cambio climático se había dado y no sabían cuando se detendría la lluvia, a pesar de los pronósticos, que podían avisar de la presencia de trombas, ciclones, huracanes, pero no hacia a donde irían ni cuando acabarían. Comenzaba el quinceavo día de lluvia. El cielo permanecía tan cerrado como al comienzo. Los días oscuros provocaban nostalgia en la gente y sensación de asfixia. La población comenzaba a relacionar el clima con una catástrofe apocalíptica. Se comentaba de lo cerca que se hallaba el fin del mundo y que estos aguaceros exagerados y raros solo podían deberse a las profecías bíblicas. Diecisiete días después de iniciado aquel torrente, granizó por la noche. Las bardas de las casas, débiles por la humedad filtrada, se venían abajo, matando al azar a transeúntes o gente que inocentemente esperaba al pie de dichas construcciones. El primer día de lluvia algunas zonas de la ciudad tuvieron interrupción del servicio eléctrico y desde el quinceavo día se había extendido al resto de la ciudad, mucha gente decidió huir “por mientras” a las localidades cercanas, en calidad de turistas, eran vacaciones de verano y se prestaba para alejarse del diluvio con toda la familia. Todo parecía una maldición. A la inundación, por sí misma trágica, le siguió la incomunicación, destrucción de viviendas, hambre, enfermedades, carencia de agua potable y muertes; más adelante se sumaron muchos saqueos a los hogares solitarios y a distintos comercios. Era el año 2020. Definitivamente el clima había cambiado, pero también el mundo y los límites entre las naciones, a veces por la naturaleza, a veces por el hombre y como siempre, al cambiar los límites territoriales por obra del hombre, había muertes. Y las hubo. El mundo era ahora así: violento, intolerante y egoísta. Y eso había tocado los rincones más insospechados. En las noticias se podía ver como un grupo de monjes tibetanos peleaban salvajemente contra otro grupo de monjes. Varios resultaron muertos. Causaba indignación verlos reñir entre ellos, cuando fungían como promotores mundiales de la paz a través de sus famosas técnicas de meditación y autocontrol, sus frases sabias a través del Dalai-Lama. Pero eso pertenecía al pasado. El mundo no era el mismo, ahora se defendía. O el mundo acaba con nosotros o nosotros acabamos con el mundo. De cualquier manera, nosotros nos acabamos unos a otros.

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