Lo mismo pero diferente...

Me levanté muy temprano el día de hoy. Como siempre me bañé, el Charly, me dio los buenos días cuando salí desnudo del baño, me secó, me ayudó a seleccionar la ropa que vestiría y hasta me colocó la camisa por detrás. Charly estaba programado sin pudor, ni liviandad, hago referencia a esto porque existen robots para todo... Chabe, mi otro robot, mientras tanto desarrugaba alguna prenda de vestir.
Cinco minutos después, me dirigí a la mesa donde me esperaba el desayuno, con el contenido exacto de calorías para mí y los nutrientes necesarios para el plan del día de hoy --ésto no quiere decir que si me salgo de mi rutina caeré desmayado por falta de calorías--. Productos de animales modificados genéticamente, frutas y verduras que yo mismo sembré en mi casa --aunque de semilla transgénica también.
Charly sabía que me encanta ver el noticiario matutino o consejos de relajación durante el desayuno, así que mostraba el holograma de las noticias, desde una luz de sus ojos hacia la mesa; frente a mí aparecía la figura del comentarista: asesinatos, triunfos y fracasos de los ciudadanos de nuestro Estado ya fuese en deportes, ciencia, tecnología y la cifra diaria de suicidios. Finalmente pedí un taxi; mi automóvil --literalmente-- lo usaba solo para viajes fuera de la Pan (del término panmetropolis, donde yo vivía. Anteriormente fueron tres ciudades grandes, que al aumentar a 3,000,000 de habitantes, las catalogaron como metrópolis, finalmente se unieron entre sí por su gran crecimiento y se les denominó panmetropolis).
Esperé un par de minutos, al término una voz de mujer dentro de casa, Thelma, una computadora central o maestra (como la llamaban en Europa) que llevaba un perfil de mí y administraba mi vida, avisó que el taxi en cuarenta segundos llegaría. Thelma se despidió amablemente de mí.
Dentro del coche, frente a mí había una obsoleta pantalla táctil donde aparecían opciones de vista panorámica, así seleccione "bosque de la sierra" y apareció un bosque, en las puertas, en el lugar del parabrisas trasero y justo frente a mi. De un sensacional realismo gracias a la altísima definición de las pantallas y a lo desarrollado del programa me relajaría antes de llegar a la oficina, con sus elaboradas y supernítidas imagenes digitales de un movimiento impresionante, casi real.
Fuera de esa cápsula, el ambiente era organizado pero caótico, muy civilizado y monótono, en una palabra aburrido. Alrededor cientos de autos se desplazaban a grandes velocidades de una manera armónica, leyendo las líneas y señalamientos, intercambiando información de velocidad, distancia y tiempo, unos con otros, y con los radares ubicados a los lados de las calles y carreteras, para procesarla de manera individual, en sus computadoras, y así evitar cualquier colisión o accidente.
Cuando llegué al trabajo --en realidad no tenía porque ir, pude trabajar en casa, solo que decidí cambiar la rutina--, el rascacielos giratorio me esperaba de pie, sentía que desde arriba me veía, pero yo no alcanzaba a vislumbrar sus ojos. Me introduje en él. Era un desmedre. Cientos de transeúntes iban y venían con gran alboroto. Había de todo, caras tristes, alegres, joviales, apesadumbrados, quejosos, quienes maldecían solos, y hasta limosneros. Me dirigí a un elevador de cincuenta que había, indique con voz firme que iba al piso 579. Automáticamente me mandaría a aquel sitio. Como mis iris ya habían sido leídas desde que subí al taxi, y el viaje se había cargado a mi cuenta gracias a eso; asimismo antes de entrar al edificio, computadora central tenía mis datos, sabía quien era yo, de donde venía y a donde iba, incluso conocía mi estado de ánimo, y esa información era compartida con todas las demás computadoras maestras, de tal suerte que el gobierno sabía mi ubicación exacta en todo momento. Gracias a eso, el elevador me indiciaría por ni nombre cuando arribara al piso donde me apearía. Mientras tanto me senté , como la mayoría de quienes lo abordamos, en una de tantas sillas.
Al fin, arribé a mi oficina, a trabajar... A lo largo del día algunas cosas se complicaríabn bastante, no siempre sucedía eso, pero sucedió que en aquella ocasión así fue... Cuando todo ese vaivén de información pasaba en mi cabeza, en mi cerebro, en un área primitiva del mismo, que desde los inicios del hombre en este mundo y antes de que fuera un ser racional dicha parte cerebral ya funcionaba, se llama la amígdala, ese pedazo de sesos se encargaba de hacernos reaccionar muy emotivamente ante ciertos estímulos como el miedo, el hambre, el peligro, y preparaba nuestro cuerpo para actuar de manera rápida, pudiendo en ocasiones ser altamente agresivos, con el propósito de llevarnos a sobrevivir ante determinada situación. Fue de gran ayuda al principio y lo seguía siendo. Llegó un momento que el estres se apoderó por completo de mí y debía reaccionar rápidamente en mi toma de decisiones y gracias a la amígdala, lo hice, pero no me volví loco, porque la parte racional de mi (la corteza) en mis lóbulos frontales, me calmaba para no impacientarme. Dentro de la primitiva amígdala, dos neuronas intercambiaban información. Pero una de ellas, desde el más antiguo y primitivo material genético, sacó una memoria escondida, casi olvidada, más bien como un sentimiento, un recuerdo vago de los antepasados del hombre, que duró una fracción de una centésima de segundo, tal vez mucho menos, aunque para ese nivel de organización de la vida, es el a unos minutos de reflexión en el hombre como individuo. Sucedió pues que dicho recuerdo era el de un sentimiento profundamente arraigado, cuando uno de los antepasados del hombre se encontraba sumamente molesto y estresado porque no encontraba su piedra de obsidiana filosa y puntiaguda para colocarla en su lanza, pues era la hora de su cacería, no quería pasar hambre, lo cual le preocupaba, los días anteriores fueron malos, estaba dispuesto a no volver a pasar por lo mismo; al voltear a su lado, uno de sus compañeros señalaba su propia lanza, mientras reía con otro. El antepasado sintió en el fondo que hablaban de él por lo que se acercó al tipo risueño y comenzó a golpearle, hasta que quedó inconsciente, se apoderó de la lanza de este ultimo y se dio cuenta que la obsidiana colocada en la punta no era su piedra, ni siquiera era obsidiana, era otra cosa. En el fondo sintió pena, pero también satisfacción porque había ganado respeto por su acto, aunque no tuvo razón hacerlo, algo se modificó aquel día en su cerebro...
Ya en el presente...
El estrés me agobiaba, no coincidían mis datos con los de mis compañeros: algo andaba mal... Mientras más alegres veía a la gente alrededor de mí, más me estresaba, mi preocupación fue tanta que después de 15 horas de revisar la información no lograba resolver nada. Todos se marchaban, hasta que incluso el jefe apareció frente a mí y me exigió revisar todo otra vez, pues ocupaba que estuviera listo el trabajo para ese momento. En un momento sentí mi corazón acelerado, comencé a sudar mientras el señor posado frente a mí de pie, me veía hacia abajo con su actitud de regaño y bastante molesto. No dejaba de criticarme y sacarme los pormenores malos que alguna vez hice y que no fueron importantes, pero el tipo se hallaba enojado. Como dije, no había mucha gente, pero sentí vergüenza, pues la voz de aquel, era elevada, y los pocos que había me veían , yo sentía sus miradas y sus burlas. Al fin el jefe se marchó, yo estaba muy molesto y a la vez avergonzado por aquella escena, así que en un momento irracional, salí corriendo con dirección al elevador, para subirme a la parte más alta del edificio y de ahí tirarme al suelo, sería largo el descenso, pudiera ser que me arrepintiera de haber saltado durante mi caída, pero ya sería demasiado tarde... Subí al elevador, nadie más venía dentro. "Plaza azotea" pedí. El tiempo para llegar al último piso sería de unos 10 minutos... pero no importaba, prefería morir, antes de matar al viejo desgraciado y exigente que me había humillado frente a mis compañeros. Sin duda al enterarse de mi suicidio se sentiría muy mal...
Cinco minutos después estaba de vuelta en mi escritorio con el trabajo que pidió el patrón a punto de terminarlo, no era tan complicado y menos con la ayuda de una de las personas que aún a esa hora trabajaban y que se habían dado cuenta de la reciente escena con el jefe. Me dieron la razón a mí, pues ya conocían al tipo. Otro cinco minutos después entregaba el trabajo terminado al jefe, quien me felicitó por mi desempeño... En la amígdala la otra neurona le decía a la que primeramente recordaba: El hombre sigue siendo lo mismo, pero diferente, menos simio, mas hombre; más civilizado, más independiente. Tiene todo, con menos esfuerzo, sin darse cuenta, se capacita para ser mas racional, menos sentimental; ¿llegará el día en que la reproducción sea una necesidad en la gráfica de población-extinción? Cuando se tendrá hijos para mantener un equilibrio, una constante; desechando lo malo y aprovechando al máximo lo bueno, lo funcional. La neurona remembradora le preguntó: ¿llegará el momento en que el hombre deje de reír y divertirse por estar trabajando y se dedique únicamente a tareas específicas? y la otra tajantemente le contestó: Sí, será nuevamente más animal, no como simio, parecerá más hormiga... Y yo me sentí orgulloso por mi esfuerzo el resultado positivo del mismo, sentí miedo por mi reacción tan violenta, pero al cabo de un rato lo olvidé, en fin, así era yo. En casa, me puse a analizar lo de mañana. Charly me ofreció cena. Acabé los alimentos y dormí...

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