Pues no mejoró la cosa en el futuro que imaginé-
No mejoró el futuro, como lo soñé
En aquel futuro que imaginé un día el mundo estaba unido y en paz, trabajando en conjunto por el bien de los demás. Había lugar para todos. Empleo, trabajo, libertad, paz...
El año 2024 ha sido el peor que he vivido y, además, el más alejado de Dios que otros años (¿será por eso?). Ha sido un tiempo de mucho aprendizaje, pero la paz se ha visto amenazada por guerras y una violencia sin precedentes. Desde asaltos en los caminos al viajar de una ciudad a otra (en nuestro país), hasta guerras en Medio Oriente y amenazas de una tercera guerra nuclear, con armas altamente destructivas que podrían acabar con miles, incluso millones de vidas, en un instante.
La gente vive con miedo. Ese temor se percibe en el ambiente y se manifiesta en una ira y un desprecio hacia el prójimo como nunca antes se había visto. Desde simples faltas de cortesía en la calle, cometidas por personas aparentemente ordinarias —y con "ordinarias" me refiero a que no son delincuentes ni nada por el estilo—, hasta otras dispuestas a imponer su voluntad con enorme violencia contra otros, sin respeto, ni siquiera delante de sus propias familias.
No importa el sexo —o género, como le llaman ahora—; puede ser hombre, mujer o quien sea, pero esa actitud se manifiesta con demasiada frecuencia. Yo mismo he sentido el impulso de actuar así. Espero que Dios me dé fortaleza y discernimiento en esos momentos con su gracia. O la manera de hablar tan vulgar con se lleva a cabo una conversación delante de quién sea y a la hora que sea. Ya no importan los modales. Pareciera que es un mandato que todos debemos soportar groserías y actitudes estridentes expresadas con gran volumen de voz: música escandalosa y a todo volumen, desorden, gritos y vocablos impertinentes de gente alcoholizada o incluso drogada, algo que hoy en día se percibe como normal o muy común, especialmente en fiestas trasnochadas que se extienden hasta altas horas de la noche.
Muchas cosas han cambiado, y muchas de las que antes se consideraban malas ahora se han normalizado. Lo bueno es visto como malo, y lo malo como bueno. Las percepciones de antaño también han cambiado. En cuestión de géneros, el cambio no se queda atrás.
Antes, el hombre era considerado el violento, el vulgar, el que engañaba, el de los vicios, las drogas, el alcohol y las infidelidades. Hoy en día, la mujer parece estar persiguiendo esos mismos comportamientos, y algunas llegan a sentirse satisfechas si los alcanzan "empoderadas" dicen. Es capaz de dejar a sus hijos, marido y padres por fiestas, violencia, infidelidad y otros vicios, en lugar de aspirar a ser una mejor persona --como los malos hombres--. Ha caído en las tentaciones en las que tradicionalmente caían los hombres, y parece haber perdido el rumbo, sin saber realmente qué es lo que quiere. Ha perdido su esencia.
Por su parte, el hombre se ha vuelto débil, incluso un estorbo para muchas mujeres. Es visto como una carga pesada, y entre ellas mismas se refuerzan la idea de que su hombre es un yugo que no les permite vivir en plenitud. Si seguimos por este camino, estamos perdidos.
Afortunadamente, no es lo mismo para todas las mujeres ni para todos los hombres; no podemos meter a todas en un mismo saco con la etiqueta de "malas", ni tampoco a todos ellos. Hay mujeres que luchan por su familia y que son felices desempeñando roles tradicionales. De estas mujeres se habla poco, porque al darse a conocer suelen ser despedazadas con críticas terribles tan solo por sus ideas tradicionales.
Del mismo modo, hay hombres buenos que se esfuerzan por mantener viva la luz de la familia, la felicidad de sus hijos y el bienestar de su esposa. Ambos casos, tanto hombres como mujeres, luchan por mantener la esperanza y alcanzar la realización plena de sus familias.
Otro tipo de violencia, del que poco se habla pero que genera mucho rencor, proviene de algunos comerciantes, funcionarios públicos o servidores públicos. Es el robo, la transa, la falta de seriedad, el valor de la responsabilidad que pasa casi desaparecido al realizar un trabajo que, cuando está mal hecho, afecta directamente al prójimo.
Nos hemos alejado de Dios. Y, quienes hemos intentado acercarnos, lo hacemos con una fe casi marchita, seca. Hemos perdido la esperanza, y la caridad se ha convertido en una vela recién apagada: todavía humeante, pero sin luz. Este año debemos pedir aumento en la FE, ser mas Caritativos y tener ESPERANZA.